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El arte de la mentira

Kant aseguraba que ninguna sociedad podía sostenerse con mentiras. Es una verdad que quiso extender al individuo. Él quería convertirnos en seres que erradicáramos los que nos hace más humanos, y es la capacidad de tergiversar la verdad de nuestro entorno para crear un universo paralelo al que pudiésemos dar sentido, a través de nuestra imaginación, y con ello poder sentirnos mejor con nosotros mismos.

Hace unos días que, por sugerencia de varias personas, comencé a ver una serie de TV3 llamada “Merlí”. Esta cuenta la historia de un profesor de filosofía un tanto particular, la vida en su alrededor, tanto alumnos como compañeros, familia, relaciones, etcétera, y nos ejemplifica la historia de la filosofía en la vida real.

¿Podemos considerar la mentira un arte? Es un pensamiento que me hice precisamente tras ver el capítulo dedicado a Kant, ese filósofo que se empeñó en asegurar que deberíamos erradicar la mentira de nuestra existencia; y si bien, es cierto que la mentira nos corrompe como individuos de verdad, también es cierto que nos completa como verdaderos humanos. De hecho, he llegado a considerar que, si nos ponemos a pensar, podemos darnos cuenta del hecho de nuestra naturaleza como humanos en la mentira, e incluso considerar que la cultura en sociedad se sustenta en ella.

Todas las artes que conocemos se basan en interpretaciones de la “realidad”, ya sea física, metafísica o puramente fantástica; pero intentan reflejar nuestra forma de ver lo que nos rodea. Justamente analizando estos dos hechos, he llegado a la conclusión de la necesidad de mentir para poder expresarnos, para poder entender lo que nos rodea, e incluso, para poder llegar a sentirnos parte de la sociedad. Es un arte en si mismo el sentimiento de ocultar la verdad a nuestro entorno, un arte del camuflaje si queremos definir la mentira como tal.

Yendo a un terreno más personal, me he dado cuenta de algo que hasta ese momento había pasado por alto, pero cuya importancia es muy grande, y es que vivo en una gran mentira.

Me levanto, mintiéndome cada mañana, dándome ánimos de forma inconsciente al pensar que este día va a ser mejor que el anterior. Pasan las horas, y me vuelvo a engañar al imaginarme un futuro idílico cuando realmente sigo en una mentira con mis estudios, mis proyectos, mi vida en general. La mentira es una de las drogas más duras, y si la aplicamos hacia nosotros mismos es el mayor sedante que pudo tener la humanidad.

No soy el único que miente en mi entorno: algunos se mienten con un futuro por el que no se esfuerzan camuflando su orgullo. Otros,  basando su vida en los celos, han alejado el amor de la familia de su lado, quedando en un vacío en el que prima el interés ante el amor. Otros, derrotadas sus fuerzas se empeñan en decir que pueden con todo, a pesar de que desean constantemente que su vida finalice para poder descansar. Algunos juran amor a quien no pueden querer, y otros quieren enamorarse y se engañan picando de flor en flor. Algunos quieren cariño pero se contienen a dar un abrazo, y otros (muchos) lloran en silencio para que nadie piense que sufren…

Sé que estás en alguna de estas situaciones, o quizás en una similar o equivalente. Lo sé porque es nuestro día a día. Lo sé porque no me canso de ver mentiras en mi entorno, formando una red de realidades a medias que todos queremos ocultar.

Quizás Kant tenía razón en el hecho de que la sociedad debería dejar la mentira a un lado, pero si con ella ya somos desgraciados, ¿qué sería de nosotros si no existiese?

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