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Everybody hurts, sometimes

Con estas palabras el grupo R.E.M. cantaba en la década de los ‘90 una canción sobre el sufrimiento, hablando desde un punto de vista globalizado los malos momentos que todos llegamos a pasar.

Ayer, quizás sin mala intención, pude tener uno de esos días en los que parece que todo el mundo está en tu contra. En estas mismas paredes en las que ahora me encuentro escribiendo, donde se fomenta la convivencia, la concordia y la confraternidad, pude pasar momentos que me devolvieron a la época oscura de mi infancia, cuando mi vida se basaba principalmente en huir de aquellos que compartían pupitre y clase conmigo para evitar llegar con nuevos moretones en mi piel.

Pensé que lo había superado. Pensé que no volvería nunca más a pasar. Pensé que un bachillerato la gente ya tenía consciencia del daño que pueden producir sus palabras, sus formas y sus acciones. Al parecer me equivocaba completamente. Al parecer la ética y la moral ha deformado a aquellos individuos que se suponen sostendrán el futuro de nuestra sociedad y les ha convertido en pequeños monstruos  que responden a su sufrimiento generando sufrimiento a otros.

Es duro escribir estas líneas sobre aquellos con los que comparto más de 30 horas a la semana, con los que convivo la cuarta parte del día, y con los que se supone deberían escucharme y ayudarme como yo hago con ellos.

Convivencia, una palabra que parece desaparecida en las aulas de este centro, o al menos dentro de mi aula, donde humillan de forma agresiva y despiadada a alguien cuando intenta disculparse ante algo, y cuando ofrece sus mejores intenciones a todos sin pedir nada a cambio.

Puedo parecer duro, de piedra o de acero, pero no es cierto.

Hace apenas dos años perdí a casi toda mi familia materna, y este parece he perdido a la paterna al completo. Nadie se ha compadecido de mí ni lo pido, pero cuando el curso pasado intenté acabar con mi vida ninguno de mis compañeros se enteró.

Quizás debería hacerlo público ante los actuales, y demostrarles que, como R.E.M. canta, todo el mundo sufre, y que las causas pueden ser muy diversas.

Ayer los causantes fueron las personas con las que mejor debería pasarlo, pues compartimos aficiones y metas; pero parece que solo se trata de una cortina de humo que yo mismo he generado al pensar que todos tenemos una parte buena en nosotros y que juntos podríamos luchar por ser mejores personas.

Tuve que irme antes de clase, cuando actuando prudentemente decidí huir del aula tras sentir la necesidad de ir al aseo, coger una cuchilla y dejar que la sangre de mi cuerpo se deslizase en el interior de un retrete.

Me está costando terminar esto, y lo peor es que todo se debió a un puro malentendido, a la incomprensión y a no dar una oportunidad a quien se la merece.

¿Debería a caso borrar esta entrada? ¿O quizás debería imprimirla y usarla de ejemplo para que mis compañeros comprendiesen el daño que pueden llegar a generar sin siquiera darse cuenta?

No lo sé. Por ahora, a día de hoy, intentaré evitar palabras con ellos, hablar con algún profesor al respecto, y terminar estas líneas sin semblar la común sonrisa en mi cara.

Todo el mundo sufre, a veces. A veces hacemos sufrir sin querer a los demás, y otras infringimos daño sin remordimiento alguno sin darnos cuenta de las consecuencias que podría provocar aquello que hemos hecho (o en su defecto, dejado de hacer).

Concluyo con una tesis clara: No creo que pueda soportar nuevamente lo ayer sucedido, y por ello no pienso permitir que ni yo ni nadie pase por algo mínimamente cercano a ello.

No es cuestión de responsabilidad moral. Lo haré porque sé que con ello evitaré que alguien, quizás nuevamente yo, pueda llegar a pensar otra vez en terminar su vida en los retretes de un centro de estudio.

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